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La cara y la cruz de la llegada de un hijo a una relación de pareja

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La cara y la cruz de la llegada de un hijo a una relación de pareja

Cuando llega un hijo a una pareja se suele producir un terremoto tanto a nivel personal como dentro de la relación.

Todo cambia y todo se mueve de su sitio. Es un antes y un después en nuestra vida.

Se comenta que es la experiencia más maravillosa y más plena que podemos tener. Que llegaremos a experimentar el mayor amor del mundo. Pero en este artículo, me gustaría normalizar esta otra realidad que también puede ocurrir y de la que no se habla tanto, que es un tabú en nuestra sociedad.

La llegada de un hijo va a meter a esa pareja en una crisis, y eso significa que la obligará a hacer cambios profundos en la relación.

En este viaje, nos podemos encontrar con varios compañeros no deseados que te detallo a continuación.

La culpabilidad: “¿Lo estaré haciendo bien?”

Cuando tienes hijos y sobre todo al ser padres primerizos, la sensación es la de haberse adentrado en un terreno totalmente desconocido.

Te puedes haber informado y leído miles de libros antes pero, al final, estáis vosotros con esa personita única que llorara mucho (o llorara poco) y que no viene con manual de instrucciones. 

Entonces normalmente se activa una responsabilidad que se suma a la autoexigencia de “lo tengo que hacer bien”, sea lo que sea que signifique eso, porque este bebé depende totalmente de mí.

Y nos podemos volver perfeccionistas y querer tenerlo todo bajo control. Eso nos estresa y agota, creando muchas veces una sensación de impotencia y frustración que puede que la descarguemos, sin darnos cuenta, con la pareja. 

Cansancio: “No puedo más”

Esta sensación de llegar al límite de tus fuerzas o de cansancio durante los primeros años de vida de tu hijo pueden ser bastante habituales.

Es importante que los vivas con naturalidad y que, en lugar de culparte o culpar a otros y martirizarte, pienses en todas aquellas cosas que te puedan ayudar a acompañarte y apoyarte en esta situación vital, de la mejor manera posible.

Buscar actividades que te llenen de energía o simplemente aprovechar y dormir siempre que puedas.

Hay veces que en la paternidad nos convertimos en nuestro peor enemigo generando un diálogo interno en el que nuestra atención se fija en todas aquellas cosas que están por hacer o no hemos hecho suficientemente bien y dejamos de valorarnos todo lo que sí estamos haciendo de forma positiva.

Reproches y decepción: “No estás cuando te necesito y de la manera en que necesito”

Sobre todo en el primer año después de la llegada del bebé, se produce un reajuste muy importante dentro de la relación.

Lo normal es que nuestra pareja no actúe siempre de la forma que necesitamos o nos parezca mejor y eso nos puede hacer sentir decepción, soledad y abandono. 

Es necesario tener en cuenta que lo está haciendo como mejor sabe o puede. Todos estamos en esta experiencia para mejorar y aprender.

También he observado que todos aquellos problemas que podíamos estar teniendo como pareja antes, que más o menos lo íbamos gestionando, se amplifican y multiplican.

Por eso es necesario tener mucha paciencia con uno mismo y con la pareja y buscar momentos para estar juntos y conectar.

Falta de comunicación: “No me entiendes, no te entiendo”

Es muy importante la comunicación constructiva y no destructiva mediante reproches.

Durante ese primer año se van a crear las bases, los cimientos de lo que va a ser nuestra labor como padres, si conseguimos crear equipo o entramos en guerra.

A nuestro cerebro le suele llamar más la atención “lo negativo” que “lo positivo” y esto tiene su sentido. Es mucho más útil para nuestra supervivencia fijarnos en algún peligro que pueda estar cerca, que en una bonita puesta de sol.

Por eso, sin desatender nuestra supervivencia, es importante entrenarlo en valorar las cosas positivas de nuestra pareja y de nuestra vida en general, ya que eso nos dará fuerza y energía para solucionar aquellas cosas que no nos gustan.

La comunicación mediante el reproche consiste en la culpabilización hacia el otro y la incapacidad de ver y expresar aquellos aspectos positivos de nuestra pareja.

Esto suele llevar a nuestra pareja a ponerse a la defensiva y quizás atacar a su vez o callarse y aguantar el chaparrón. Esa forma de comunicarse va creando una distancia entre los dos que cada vez se hace más grande.

Pero nos solemos quedar con la sensación de no haber encontrado ninguna solución y nos sentimos incomprendidos por el otro. Simplemente lo dejamos pasar hasta que surja la siguiente discusión.

La comunicación constructiva consiste en ser capaz de expresar aquellas cosas buenas y agradecer, incluso aunque pensamos que era su obligación o deber. Y, cuando surja aquello que no nos guste, expresarlo poniendo más la atención en qué soluciones podemos encontrar juntos que en lo mal que lo está haciendo el otro.